Todo es fugaz, como la niebla que observa desde la ventana, pasando leve y fluctuante. Una vez más el blanco y negro acompaña sus impulsos de observar el entorno en escala de grises. El tiempo es como una flor escondida entre los enmarañados arbustos y se deshace entre sus manos sin que apenas pueda ser consciente de ese desgaste. Últimamente le ocurre a menudo. Busca los recuerdos colgantes del pasado, existe y piensa que no quiere convertirse en un fantasma apagado, carcomido por la inexistencia, golpeado por la brutalidad de la nada. Los minutos, días y años se ciernen sobre su cuello, pedazo de piel en el que, poco a poco, se proyectan las escamas de lo marchito. Espera, le decía el viento a la rama.